En las últimas siete decenas de millones de años, el monte Kenia, roca santa, gran volcán, morada del dios Ngai, se ha elevado hacia el cielo cinco mil doscientos metros de altura, dejando a sus pies la sabana africana cubierta de acequias, eucaliptus, hipopótamos llenos de barro y elefantes deshidratados.
Yo de esto, antes de subir el monte Kenia, no tenía ni idea.
Salí de Nairobi a las siete de la mañana. Las carreteras estaban vacías. Carreteras y nubes proyectando sombras en la inmensa tierra roja. La furgoneta cruzaba Kenia, dirección norte, esquivando agujeros.
A Narumoro llegamos a las diez. Allí esperaban como tres postes dos Peters y un Philip. La decepción la tenían pintada en la cara: esperaban más, esperaban mucho más. Esperaban que bajaran de la furgoneta doce universitarios de la capital, Nairobi, jóvenes, sonrientes, con carteras pudientes, dispuestos a subir el monte Kenia en cuatro días y a pagar por ello preciosos billetes con escudos de leones, elefantes, hombres enchaquetados muy elegantes, y poder con ello continuar una vida de granja a los pies del monte. Pero no fue eso lo que encontraron. Encontraron un blanco. Un blanco con el que habían hablado durante tres semanas por teléfono. Un blanco que, pensándolo mejor, podía llevar en su cartera, en su sagrada cartera, más billetes que doce universitarios Kenianos juntos.
Compramos la comida para cuatro días de marcha y alquilamos un jeep, las puertas sonaban como la risa de una bruja. Me acompañaría uno de los Peters. A mí me parecía bien. A mí, me daba igual.
Llegamos con el jeep a las puertas del monte Kenia. Las faldas del monte están protegidas: Mount Kenia National Park. Pagamos las tasas, el jeep, y nos despedimos de Philiip, del otro y de un chófer. El ruido del motor, un motor sacrificado, fuerte, rancio, se fue alejando, dio dos curvas levantando tierra naranja, amarilla, blanca, y desapareció.
Doce de la mañana y allí estábamos, Peter y yo, a los pies del monte Kenia.
Nos pusimos en marcha.
Peter sonreía mucho y no esperaba respuesta, era sonriente vocacional. Peter era un gnomo de las montañas. Un maldito gnomo de las montañas que no medía más que un niño de once años y que usaba unas botas rotas y un abrigo que hacía diez años que ya no era impermeable. Peter tenía cuatro hijos, una granja y un bigote. Su mujer se llamaba Julie. Muy bonito nombre, gracias. Peter era igual que Mario Bross y había ido al colegio hasta los 16 años. En el cuarto curso tuvo que empezar a trabajar.
-Total, Peter, para lo que hay que aprender.
Empezó como porteador, y después estuvo quince de guía.
Su hermano había muerto en un accidente de coche, como el padre de Obama, igual. Al hablar de él le cayeron lágrimas por la cara. Pasándose la mano las arrastró y las mezcló con sudor. Yo miraba al suelo. Al suelo y a mis botas, y me hacía el tonto.
-Pues sí que es bonita la montaña, Peter.
Su hijo era hemofílico. Eso dijo. Levanté la cabeza de mis botas y lo miré de reojo. No llevábamos ni diez minutos andando y ya teníamos hermano muerto, abandono escolar, familia numerosa e hijo hemofílico. Si esperaba plus de propina por vida trágica la llevaba clara. Pero pensé mal. Tardaría algo más de tiempo en darme cuenta de que no, Peter no, Peter Mbugua no miente.
La tarde del primer día de subida fue tranquila. Mount Kenia National Park era un bonito paseo ligeramente ascendente lleno de cagadas de búfalos, vacas, y la eterna y posible presencia de elefantes, jirafas y leones. Elefantes, jirafas y leones que nunca se ven, nunca se acercan, el camino no es para ellos, y saber de su existencia en la montaña no aporta mucho, pero está bien para contarlo. Cualquier día puedes tirarte el rollo.
-¡Qué me dices! ¿Leones?
-Sí, sí, leones.
A treinta minutos del refugio los azules y los grises se juntaron en el cielo, se oyó a lo lejos el viento, las hojas, y la lluvia arrasó con todo.
El refugio eran cuatro cabañas de madera con un montón de literas. Los monos se descolgaban de los pinos al tejado y saltaban de una caseta a otra. Yo me fui a cambiar y Peter a preparar la comida: encendía su hornillo de manivela, ponía agua a calentar y te hacía un potaje variado de carne y verdura. En otra calentaba agua y preparaba té.
-¿Con leche o sin leche?
-Con leche.
Anocheció pronto, para las seis se veían estrellas. Con la noche llegaron dos españoles, Jordi y Natalia: ¿De dónde sois?, de Barcelona, ¿y tú?, de Pamplona, ¡qué curioso, yo estudié allí!
Llegaban chirriados y con cara de asco. Su guía no, su guía venía sonriendo. Según me contaron después, les cobraba cinco o seis veces más que a mí Peter; yo no dije nada.
-Está bien el precio, ¿no?, ¿tú qué crees?
-De maravilla, sí, sí.
Así bajaba el guía, dando gracias a Dios, al turismo, a la montaña y a la madre que lo había parido.
Jordi y Natalia ya habían hecho cima y estaban bajando, pasarían la última noche en el primer refugio. Jordi y Natalia eran turistas mochileros, aunque no era propiamente turismo lo suyo. Natalia llevaba cinco años en Uganda de enfermera y ahora volvía a España; habían subido el monte Kenia a modo de despedida.
Hablamos de los monos, de la montaña, del tiempo, y por último de la malaria, que es un tema recurrente y cada uno te cuenta su historia, y tú a callar y a sorprenderte: ¿de verdad?
-Como lo oyes, yo sola, en una cabaña, el hospital más cercano a día y medio…
-¡Jesús!
-por una radio, otra amiga que se había quedado en Kampala me decía cómo me tenía que colocar la inyección, y yo tirada, sin termómetro, que pensaba que me moría…
Las historias de las enfermeras hippies vegetarianas son todas iguales, siempre caen enfermas a día y medio del hospital más cercano. Jordi no parecía impresionado. Jordi se quitaba las botas y les daba la vuelta para tirar la tierra.
-¡Qué miedo tuviste que pasar!
-Bueno, pero también aprendí mucho, aprendí mucho de las gentes de allí…África no deja indiferente a nadie, ¿verdad que no?
Y al decir verdad que no, porque no me lo preguntaba, me lo decía, ponía cara de avistar el horizonte.
-¿Verdad que no?
-No, no, claro que no.
Dejé a Natalia y fui a ver qué hacía Peter. Peter había preparado la cena y me esperaba con los brazos cruzados mirando al suelo. Ya era de noche y la habitación la alumbraba el hornillo, luz roja, que acariciaba la piedra de la cabaña.
Peter me contó esa noche historias del monte, de su pueblo, de su familia. Me contó cómo cuando salía el sol y llovía -lluvia dorada-, en su pueblo, Narumoro, todos creían que estaba naciendo un león. En el pueblo de al lado, en Nayuki, pensaban que estaban copulando los elefantes. Aquí cada cual tenía sus causas. Me contó también cómo Ngai, ser supremo, único Dios, según el pueblo kikuyu moraba en el monte Kenia. Según la tribu de los kamba vivía oculto pero nadie sabía dónde. Según la tribu de los masai era el dios del sol, del amor, creó el mundo y se casó con Olapa.
-Espera, pero ¿quién es Olapa?
Olapa era la diosa de la luna.
-Espera, y según los masai, ¿dónde vive Ngai? ¿Y dónde vive Olapa?
Que los masai no sabían dónde vivía Ngai, y Olapa, que qué sabía él, que a él todo esto en verdad le daba igual, que lo contaba porque a los turistas les gustaba escucharlo, que a él ni fu, que ni se lo creía ni le dedicaba un pensamiento.
-De acuerdo Peter, no te preocupes.
Peter acabó de cenar y me explicó como disculpándose que a él lo que le importaba era lo que iba a hacer con mi dinero, que compraría dos cabras y una vaca, que podía así tener leche, carne y queso. Además, que él era cristiano.
-Muy bien me parece Peter, aquí cada cual que sea lo que quiera.
Eso me contó, a la luz del hornillo. Su inglés era un inglés aprendido en la montaña, de porteador, de guía. Se le iluminaba la cara al decir vaca. Peter tenía ojos de cristal. En cualquier momento se le podían romper; dos cáscaras de huevo, se rompen y fuera. Eran ojos inteligentes, profundamente buenos, rodeados de piel curtida, sucia, vieja.
Para cuando volví Natalia había dejado de hablar de la fuerza atractiva de África y dormía, Jordi a su lado. Susurré buenas noches y me metí en el saco.
El sol ardía a una temperatura de cinco mil ochocientos treinta y dos grados y emitía miles de billones de ondas de luz visible a una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo, cuando abrí un ojo. Peter me tocaba el hombro. Había que salir. Hacía frío y estaba descalzo: qué hago yo aquí. Había dormido bien. Pude dormir toda la noche porque Natalia y Jordi no roncaban, eran seres silenciosos.
Salimos pronto y entonces empezó realmente Mount Kenia. Subimos 1200 metros en ocho horas, y todo el tiempo con la lluvia en la cara, la capucha empapada, el pantalón pegado a los muslos. Todo gris, no se veían cinco metros más allá. No era eso lo que había dicho Peter por teléfono tres semanas atrás. Por teléfono me pintó otra cosa:
-Peter, pero ¿no es la época de lluvias ahora?, ¿no sería bueno esperar tres meses, a febrero?
-Nada, nada, perfecto, la montaña perfecto, yo conozco, vivo allí, perfecto, tú tranquilo, mejor época, perfecto.
Verdaderamente necesitaba el dinero, tenía que subir como fuera.
-Bueno, lo que tu digas Peter, tú eres el que sabe.
Colgué el teléfono y pensé lo que necesitaría: guantes, abrigo, calcetines, botas. En Nairobi soplaba el viento a veintiún grados y cruzaban matatus levantando polvo. Nairobi estaba cansada. Toda África estaba cansada. Cansada y vieja. África es una abuela que no puede dormir, que se asoma a la ventana, que estará agonizando toda la eternidad, en una agonía tranquila y resignada.
-Lo que tú digas Peter, tú eres el que sabe.
Ya no había mucho que hacer, la lluvia castigaba y no se podía hablar, ni había ganas, sólo querías llegar al refugio, cuanto antes. Cada hora y media hacíamos un parón. Peter bebía agua y después meaba oteando el horizonte. No meaba contra un árbol, contra un arbusto. No. Peter Mbugua era un meón contemplativo y no tenía nada que ocultar al mundo; meaba oteando el horizonte y oliendo la hierba mojada de la montaña. Si les soy sincero, todavía no sé si Peter era un poeta o un ángel.
Llegamos al refugio a media tarde. El refugio era un barracón asquerosamente oscuro lleno de banquetas de madera fría. Tenía ventanas de cristal, de cristal plástico, y entraba el frío con elegancia, paseándose. Los pocos habitantes de la cabaña callaban. El frío quita las ganas de hablar, sólo quieres dormir. Estaban en corro siete guías negros alrededor de un hornillo de manivela haciendo té. Todos acurrucados, como palomas, con sus guantes rotos y las tazas. Peter se hizo un hueco y yo me quedé fuera. Uno de los guías tenía en la boca una tragedia vivida: dientes enormes, de caballo, unos dientes amarillos, autistas, crueles.
Estábamos empapados. Peter secaba todo con calor corporal. Se la dejaba puesta, tiritaba veinte minutos y fuera. Como no sabía qué hacer me metí en el saco acurrucado, bicho bola, a buscar calor, y me dormí.
Desperté a las dos horas y el corro se había animado. Contaban historias y reían. No entendía nada, hablaban en swahili. Peter vio que me esforzaba mucho por sonreír y me tradujo. Hablaban del helicóptero. A doscientos metros del refugio, no, no mires, ahora no se ve, había un lago, y en el lago había un helicóptero, sí, sí, en el lago, en el agua, y era de unos ingleses, blancos, muy ricos, y estaba allí el helicóptero porque los ingleses se habían estrellado por la mañana, sí, esta misma mañana. Pregunté si les había pasado algo y cada uno opinaba una cosa. Unos decían que había muerto una chica, otros que no, que un chico, otros que todos estaban sanos y que se habían comprado otro helicóptero mucho más bonito que el anterior.
-¡Pues mira qué bien!
La lluvia pegaba contra los cristales y los cristales temblaban, tiritaban de frío. No se veía nada. Caía el agua en chorros. Limpiamos las cacerolas, los cubiertos, el hornillo y nos sentamos en dos banquetas. Peter me explicó el plan. Saldríamos pronto, a las tres de la mañana, llegaríamos a la cima a eso de las seis, esperaríamos, veríamos amanecer, y después volveríamos a toda prisa hasta las puertas del parque, abajo, al final, a Narumoro. ¿Qué me parecía? A mí me parecía bien. A mí, me daba igual.
Nos metimos pronto en los sacos a tiritar, a concentrarnos en crear calor, a no dejar escaparlo, y cuando con cierto calor creado mi alma y mi mente volaban lejos de aquel lugar y daban vueltas en espirales de luz y amor, abrí un ojo. Eran las tres. Peter me tocaba el hombro. Había que salir. Hacía frío y estaba descalzo: qué hago yo aquí. Me levanté sin querer pensar, me puse la capa de calcetines de verano, la camiseta, la camisa, el chaleco, el jersey, el abrigo, los guantes, las botas, la pila, la linterna, ¿funciona?, sí, ¿la tuya?, también, vamos. Y salimos.
Había dejado de llover. Ahora nevaba. Era mejor de todas formas, la nieve no empapa, cada tres minutos agitas la cabeza y cae. Empezamos pronto a subir. No se veía nada. Oscuridad absoluta. Delante, detrás: la nada. Yo veía mi mano, mi linterna, mi linterna alumbrando el camino, mis botas, su culo, mi linterna alumbrando su culo. Por aquí, no te quedes atrás, no, ya voy. Peter subía en tiempo récord. Peter quería llegar a cenar a casa. Peter era un gnomo de las montañas, ya lo dijimos, y no tenía males de altura, vértigos, anemias ni diarreas. Peter había nacido allí y allí moriría, con cuatro hijos y un bigote.
La nieve se fue haciendo más espesa y el ruido de las piedras bajo las botas se convirtió en algodón. Silencio. Espiración. Silencio. Inspiración. Paramos, ¿aquí?, aquí, bueno, bebe agua, dame, toma, gracias. Costaba respirar, beber, comer. Obstaculizar la única vía respiratoria nunca ha sido bueno para sobrevivir, pero no había más remedio. Coger aire y no hablar. Jadeo: inspiración-espiración, inspiración-espiración, inspiración. Espiración. Inspiración. Espiración. Silencio. Inspiración. Silencio. Espiración. Silencio. Silencio. Silencio.
El cielo se había despejado, habíamos superado el nivel de nubes, y ahora se veía la inmensidad del cielo estrellado reflejada en la nieve de la montaña; en el valle entero. Las montañas nevadas, dormidas, como abuelas enormes, pacíficas, bajo las estrellas. Intimidad absoluta. Asomarse a algo que no estaba planeado. Un intruso que se convierte en protagonista. Una fiesta sorpresa.
-¿Vamos?
-Venga.
A fuerza de gatear, jadear, subir piedras, resbalar, beber nieve, ahogarse, descansar, escupir, respirar, llegamos a la cima. Yo primero. Quería llegar antes y disponer de un minuto solo, a cinco mil metros de altura, viendo amanecer. Lo cierto es que cuando llegué a la cima de la montaña el sol ya había salido y el supuesto increíble amanecer ya había pasado, pero allí mismo, con el mundo a mis pies, me prometí que en caso de contarlo diría que sí, que lo había visto.
-¿Y cómo era?
-Increíble…Realmente increíble.
Peter llegó finalmente con su dentadura blanca, sonriendo. El sol le pegaba en la cara. En cuanto pisó la cima empezó a saltar de alegría con sus botas. No me lo esperaba. ¿Cuántas veces había podido subir Peter Mbugua el monte Kenia? Hice un cálculo: lo había subido dos veces por semana durante nueve meses al año veinticinco años de su vida. Aquella podía ser la ascensión número mil setecientos ochenta. Peter. Y ahí estaba: botando y riendo. Cogió mi cámara y se puso a dispararme fotos. Con dos dedos de la mano izquierda hacía el signo de la victoria. Por no chafarle el teatro me puse a hacerlo yo también. Fue una acción solidaria recíproca: gritamos, saltamos, nos agarramos, y al final pasamos a reírnos de verdad, los dos, a cinco mil metros de altura.